18 Dic

Glosofobia, la fobia de los listos

Puede que lleven sufriendo glosofobia durante años. En silencio. Y ustedes sin saberlo. Pero, tranquilos. No morirán de esto. A menos que lo hagan sobre un escenario. Porque la glosofobia es, sencillamente, el miedo a hablar en público. Una fobia de las más comunes e invalidantes que conoce. Sencillamente porque ataca a los listos, a las personas responsables. A aquellas que se exigen tanto a sí mismas que se olvidan de disfrutar cuando se suben a un escenario.

Lo lleva viendo desde hace 20 años, los que lleva dedicándose a la comunicación. Personas que le dicen: “Ya, pero es que yo no quiero que me enseñes a respirar, o a proyectar la voz. Yo lo que quiero es que me dejen de sudar las manos”. Porque las técnicas no sirven de nada si uno no se enfrenta a sus miedos. Porque realmente lo que subyace a ese terror es un miedo básico y profundo: el miedo al otro, a no encajar. Al rechazo a través del juicio, a hacer el ridículo. Ya ven. Qué tonto. Y qué humano.

Lo entenderán con un ejemplo. ¿A quién le gustan los exámenes? ¿O las entrevistas de trabajo? Seguro que han experimentado esa misma sensación al volver a estudiar un idioma de adultos. ¿Cómo se sienten a la hora del speaking? Y eso que no se juegan nada. Los nervios son inevitables. Otro ejemplo. Alguien les saca una foto de improviso. Usted se ve fatal. El pelo de aquella manera, la expresión rara aunque divertida. Su interlocutor insiste en que está fenomenal. Pero, claro, usted es su peor enemigo y pide que no le etiqueten …Y ¿qué más da?

Y otro más. Ahora, uno de ustedes, una mujer, debe subir al escenario. Rápido. El escenario es enorme. La sala está a oscuras. Y el atril está iluminado. Seguro que estará pensando en si esa ropa le hace gorda, que claro, que con lo difícil que es conciliar cualquiera encuentra un rato para sí, para escaparse al gym, que sus compañeros, los de siempre, ya estarán ahí pendientes, esperando a que se quede clavada. En blanco, con un hilo de voz, mientras se tira de la falda.

Cuando en realidad, ¿saben una cosa? Nadie es tan importante. Y nadie les juzga. Las personas de ese auditorio han ido a escucharle usted, independientemente de sus pelos o de sus piernas. Lo importante es su bagaje, su experiencia y sus ideas. Y si lo hace mal. ¿Qué es lo más terrible que pueda suceder? ¿Que no repita el discurso el año que viene?

Deberíamos aprender a tomarnos menos en serio. Porque, ¿saben una cosa? Nunca pasa nada.

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