13 Abr

Cómo dar una buena charla TEDx

Conocí las charlas TED relativamente tarde, en 2013. Y me enamoré. Desde entonces, soy una fan enfervorecida. Al principio, las escuchaba para mantener el inglés a raya. Después, solo buscando food for thougth y algo de inspiración. Pronto, impartir una de ellas se convirtió en un sueño tan bonito como remoto. Desde 2016 comencé a dar tímidos pasos que me acercaran a ese objetivo luminoso. Finalmente, en este año raro, se hizo realidad.

TED (de las siglas en inglés Technology Entertainment, Design) es una organización sin ánimo de lucro que se dedica a compartir ideas dignas de difundir. De hecho, su claim es ese: “ideas worth spreading”. Entre muchos eventos y acciones complementarios, TED es conocido por sus TED Talks. Quizá hayas visto en algunas de sus charlas a los ex Presidentes de EEUU (Clinton o Gore) a algún premio Nobel, al cofundador de Microsoft, Bill Gates o los fundadores de Google.

La conferencia TED fue fundada en Vancouver en 1984 por Richard Saul Wurman y Harry Marks y se celebran anualmente desde 1990. En 2002, Chris Anderson asumió el cargo de anfitrión.

Ya en 2009 se crea el programa TEDx. La x significa que es un acto local organizado independientemente de TED pero bajo unas normas de cumplimiento muy estrictas dado que la persona que lo desarrolla es licenciataria y responde por el conjunto de la calidad del evento. Las licencias son unipersonales. ¿Podéis imaginar semejante presión?

Si tú también eres un soñador, conoce los pasos para impartir una charla TEDx

1.¿Por dónde empiezo?

Primero tienes que ser sincero contigo mismo y pensar si lo que tienes que contar es valioso, si suma, si aporta. Recuerda: “Ideas worth spreading”. Esto no va de vanidad, va de compartir. El enfoque no es: “Quiero dar una charla TED, ya se me ocurrirá un tema impactante”. Si algo he aprendido durante este proceso es que los ponentes -de la V edición de TEDxUPValència– además de ser auténticas eminencias, son profundamente humildes.

2. Persevera

Si la respuesta es sí. Y eres una persona experta en tu ámbito, con un mensaje claro e innovador en el campo de la tecnología, el entrenamiento y el diseño, entonces no te queda otra que ser insistente. Persevera. Las ediciones anuales de los TEDx abren convocatoria (call for speakers) unos meses antes de la fecha del evento. Estáte atento, localiza qué evento te interesa en tu ciudad y síguelo por redes sociales. En la página web de cada TEDx te puedes postular como candidato o hacer que alguien te prescriba. O puedes hacer como hice yo. Tirar por la calle del medio y averiguar quién es el licenciatario de la edición de tu ciudad y tratar de conocerle físicamente. Aún recuerdo ese café en la estación del AVE de Joaquín Sorolla en noviembre de 2017. Gracias Belén Arrogante por tu buena disposición y simpatía.

Pero, si recordáis, os dije que mi sueño comenzó a fraguarse en 2016. Concretamente, en agosto. En el aeropuerto de camino a Dublín compré “TED talks. The oficial TED guide to public speaking, de Chris Anderson. Cuando regresé de la estancia dublinesa y a tope de power, me postulé para impartir una charla en inglés en TEDxBerkleeValencia (sí lo sé, no hay nada peor que un tonto motivado) y fui descartada tras una audición. Finalmente, mi teléfono sonó en diciembre de 2018 para proponerme ser speaker de la edición de febrero del 2019 pero, en estas fechas, me encontraba fuera de España. Finalmente, en 2020 y, en extremis y por la escuadra, Belén consideró que era oportuno que completara el cartel de speakers de 2020.

3. No te hagas pequeño

No te hagas pequeño. Recuerdo la primera reunión de todo el equipo. Cuando todo el mundo comenzó a presentarse (dos catedráticos, uno de ellos doctor honoris causa y el otro candidato a los Premios Rei Jaume I en la categoría de Nuevas Tecnologías, un pediatra eminencia europea del sueño, la mejor maestra de infantil, un experto en IA, una astrofísica…). Cuando me presenté y comenté que iba a hablar de la risa (a pesar de ser una experta en el campo del humor y una profesional contrastada en el mundo de la comunicación) me sentí diminuta.

Parte de los speakers de la V edición. Foto cortesía de TEDxUPValència

4. Prepara tu charla

Prepara tu charla. Pero de verdad. Dar una charla TEDx supone un trabajo increíble. De ensayos, de esfuerzo, de exposición pública, de desgaste. Que te hayan seleccionado como speaker de entre todas las candidaturas recibidas no significa nada. Eso es solo el primer paso. Debes mantener una actitud abierta y de mejora constante. Todos los inputs de cambios son para hacer brillar la edición. Eres una pieza más en un engranaje enorme. En un espectáculo coral de numerosas charlas, números musicales y otras actuaciones. Por no hablar del equipo de coordinación y voluntarios.

Sé respetuoso con el tiempo de los demás. La única voluntad es que todo crezca, como la levadura. Es muy bonito decirlo. A la sexta versión de mi texto, ya no sabía qué se esperaba exactamente de mí… Por último, trabajar tu charla supone también trabajar el apoyo visual. Hazlo al final. Es la mejor forma de acertar.

5. No te relajes

No te confíes. Ensaya, ensaya y vuelve a ensayar. Debo decir que mi primer ensayo fue una patata. Me corrigieron tantas veces: la postura, la gestualidad, la mirada… Que me bloqueé. Pero eso es bueno. Todo lo que te haga crecer es bueno. Puede que tengas experiencia hablando en público pero ten en cuenta que tienes que memorizar sin que se note, ceñirte a un tiempo (ninguna charla TED por definición debe superar los 18 minutos) y sin salirte del famoso punto rojo. Por mi bagaje profesional anterior, me la leí un par de veces y la recité como un papagayo en el coche. Pensé que con eso era suficiente para el primer ensayo. Me confié y patiné. Invierte tiempo en prepararla pero también en perfeccionar tu dicción, las pausas, entonanción. Los silencios controlados…

6. La práctica hace maestros

Practica y vuelve a practicar. Esta vez, molándote a ti mismo. Con la inestimable ayuda del equipo de Viviendo del Cuento, con sus inputs y experiencia del mundo de los eventos empresariales y su bagaje teatral fue todo más fácil. Y más difícil al mismo tiempo. No sé si me explico…

José Luis y Víctor, de Viviendo del Cuento en acción. Foto cortesía de TEDxUPValència

7. Disfruta

No te olvides de disfrutar sobre el escenario. Es tu momento. Te han elegido por una razón. Además, estarán ahí, en el patio de butacas, tu familia y tus amigos. Recuerda que eres un experto en tu ámbito y has trabajado muchísimo, recoge tus frutos.

Y acabo con un BONUS TRACK: lo mejor. El increíble sentimiento de comunidad que se genera entre los integrantes de la edición después de días de ensayos, convivencia, comidas y alguna cena.

Un networking vital con personas que difícilmente de otro modo te hubieras podido encontrar. Profundamente agradecida.

Foto cortesía de TEDxUPValència

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26 Mar

Humor y engagement. Hagan sus apuestas

El humor es una estrategia poderosa capaz de, por ejemplo, minimizar la percepción de la violencia en la publicidad (Blackford et al., 2011), ayudar a romper las resistencias al mensaje persuasivo en el receptor, mejorar la asociación positiva de la marca (Strick et al., 2012), hacer risibles los tabúes (Oudade, 2012), aumentar la notoriedad, memorabilidad e intención de compra (Cifuentes & Sánchez, 2006) y establecer vínculos emocionales y transferencia de afecto a la marca (Cline & Kellaris, 2007; Cifuentes & Sánchez, 2006; Bassat, 2008). Resulta cuanto menos paradójico que nos riamos tan poco en el trabajo.

Quizá sea porque el empleo del humor como estrategia no esté exento de peligros. Y con el dinero no se juega. Entre sus desventajas destacan que es cortoplacista (se desgasta muy rápido), puede ejercer un efecto vampirizante (se recuerda la broma pero no la marca y lo que es peor, se atribuye la marca al líder del segmento). Pero sin duda, el principal peligro es que éste resulte inapropiado. Este riesgo suele llevar aparejado el denominado “efecto adverso”: una airada reacción del consumidor en redes sociales que suele desembocar en un boicot a la marca. A esta ecuación se suma el factor NFH (Need For Humor). Es decir, hay personas más propensas a la felicidad que otras, como mantienen Cline & Kellaris (2007). Con lo que la percepción de lo que es gracioso varía de unas personas a otras.

Con todo, las marcas no son diferentes a las personas. Caen bien o no. Algunas llevan en su ADN una política comunicacional disruptiva como Fanta o Mixta. Saben al micronicho al que se dirigen y hacen un humor directo a su target, absurdo, en su mayoría, que solo puede decodificar el receptor. Una muestra de cierta superioridad moral del adolescente rebelde respecto a sus padres que no le ven la gracia aquello por ninguna parte. Otras marcas, en cambio, son como cuñaos. Hacen una publicidad rala, sin gracia, oportunista.

Pero para hacer buena publicidad que informe, divierta y enganche hacen falta clientes valientes. Durante la crisis, los directores de marketing estaban más preocupados por conservar su puesto de trabajo que de hacer campañas memorables. Aún en proceso de activación de la economía, algunos interlocutores carecen de valentía o visión para luchar por las ideas ante sus superiores. La Universidad del Pensamiento de Mixta fue una excepción. Una de las primeras campañas de branded content –en 2012- protagonizadas por ¡una flor! Pocos clientes aprobarían algo así hoy en día. Afortunadamente, el panorama de medios ha cambiado así como los usuarios y el modo de interactuar con los contenidos. Según el último informe de Inversión Publicitaria Infoadex (febrero de 2018) Internet ya es el segundo medio convencional concentrando un 28,9% de la inversión publicitaria, por detrás de la televisión (que acapara el 40%). Es decir, en 2017, 1.548 millones fueron a parar al medio online.

Internet es una gran plataforma para el humor. Aunque éste es un arma de doble filo. La recompensa es muy alta: engagement, notoriedad y viralidad (Sivera, 2015) pero no está exenta de peligros, como ya hemos visto.

El humor en publicidad es un potente generador de engagement a través de la conexión emocional con los públicos. Textualmente, los consumidores afirman hace que la marca “me cae mejor” si emplea el humor. Fundamentalmente, dicen, se produce este engagement cuando se trata de un humor cercano que recrea situaciones cotidianas en las que el público objetivo pueda reconocerse, es decir, “eso también me ha pasado a mí”. Si un anuncio divierte, se compartirá, convirtiendo al que lo hace en prescriptor de la marca y construyendo su identidad por lo que comparte en su entorno digital.

Como en todo, el tempo y el sentido común son cruciales. Recientemente ha llegado a España una campaña de Café Royal protagonizada por Robbie Williams que parodia las aventuras de James Bond, un subgénero machista por definición. La producción del spot es brutal. Pocas veces en España vemos rodajes de ese tipo. El día de la mujer trabajadora, cenaba en casa con su chico, cuando el cantante da al botón de eyección y la rubia sale despedida del vehículo para que Williams pueda quedarse con los dos espressos. Su marido, se gira y dice: ¿Has visto ese anuncio?

Es precisamente ese terror a meter la pata, a que el humor no se entienda, se malinterprete u ofenda, el que ha mantenido al sector en un letargo de comunicaciones anodinas y conservadoras. El humor, como el amor, no es una ecuación perfecta. A veces, simplemente hay que apostar.

13 Feb

Pero… ¿Qué es eso del Branding?

Lo habrán oído últimamente. Branding, Branding, Branding. Está por todas partes. Mira que les gusta un palabro. En el I Branding Day  organizado recientemente por la cadena SER, muchos de los ponentes se esforzaban en decir que el Marketing había muerto. Que ganas de enterrarlo todo, de verdad. Que ahora lo que había que hacer era construir marca, hacer Branding. Y está de acuerdo.

¿Y eso cómo se hace? Es decir, usted tiene una empresa, un negocio, empleados. Tiene un logo, un rótulo en la puerta, redes sociales y una historia. Pero ¿tiene una marca?

Es decir, una marca es todo lo enunciado anteriormente pero es mucho más. ¿Por qué está su compañía aquí? ¿Cuál es su propósito? ¿Cuáles son su misión, su visión, sus valores? ¿Cuáles son sus pilares estratégicos? ¿Cuál es su posicionamiento en el mercado? ¿Cómo es percibido por sus potenciales consumidores? ¿Consumiría usted su propia marca? ¿La recomendaría? ¿Su marca merece un ejército de brand lovers? Si no conoce las respuestas a muchas de estas preguntas, debería comenzar por el principio.

Ya lo decía el aforismo griego γνῶθι σεαυτόν del templo de Apolo en Delfos, “conócete a ti mismo”. Un gran modo de hacerlo es someter su negocio al polígrafo de la plataforma de marca, previo DAFO. Ésta no es más que un instrumento para garantizar que la empresa tenga una propuesta de valor sólida, con personalidad definida, sustentada por valores emocionales y atributos racionales sin olvidar la misión y visión de la compañía. Con lo que la construcción de marca de su empresa ha de respirar verdad. Es fundamental ser honestos y que haya una coherencia entre lo que su marca es, dice ser y lo que hace.

La plataforma de marca es, además, un gran instrumento de Do and don’t. Para definir territorios creativos y acotar, por ejemplo, acciones más tácticas como patrocinios, eventos y convenios alineados.

Muchos clientes caen en el error de pensar que la construcción de marca se consigue únicamente a través de grandilocuentes campañas publicitarias. Que sin un plan de medios digno son totalmente invisibles. Y aquí es donde entra en juego el poder de la Comunicación y de las Relaciones Públicas. Los planes estratégicos de comunicación, las rondas institucionales, la visibilidad, el boca a boca, la confianza, las buenas prácticas. Porque no es la Publicidad o la Comunicación. Son las dos. Todo lo que emane la marca ha de remar hacia la misma dirección.

Sin embargo, según un informe  elaborado por la Dirección General de Industria y de la Pequeña y Mediana Empresa en 2017, el 98% del tejido empresarial español está compuesto por PYMES. Muchas de ellas carecen de recursos para una campaña creativa notoria. Sin embargo, la marca o el Branding, se puede y se debe construir a través de la comunicación corporativa. Un viaje de mil millas comienza con un solo paso. El suyo, con una nota de prensa.

 

16 Ene

Los lectores del metro

Le gusta pasear, sentarse en una terraza a observar la gente, escuchar las conversaciones ajenas en el metro. Ya sabe lo que están pensando. No es ser entrometida, es deformación profesional.

Viajaba, pues, el otro día atareadísima, en metro, de camino a la biblioteca cuando se sentó al lado de dos chicas con maletas. En frente, dos chulazos de veintipocos morenos a rabiar, con gafas de sol dentro del vagón y sombrero de paja ibicenco. Los cuatro parecían sacados de un catálogo. Se notaba que estaban de vacaciones.

Hay personas que huelen a verano. Quizá sea su ropa, su actitud o su modo de pasar por la vida. Sonriendo.

De pronto, el chico del sombrero dijo que se estaba leyendo un libro de título enrevesadísimo y en voz baja la chica de su izquierda dijo el título del penúltimo de Espinosa. “Si tú me dices ven lo dejo todo pero dime ven”, pensó ella mentalmente sonriendo por la ternura de la situación. Contra todo pronóstico, la amiga necesitó la ayuda de otro señor de traje que, como ella, también estaba escuchando la conversación, sin iPad, y sin ningún rubor. Y después resultó que tampoco y todo el vagón estalló en una carcajada catártica, deliciosa, por fuera de lo común.

Después, resultó que el libro que aquel chulazo -de Mallorca que se dirigía a Alicante- estaba leyendo era “No me iré sin decirte a donde voy”, del cual no había escuchado hablar en la vida. Y se imaginó lo divertidos que deberían estar los autores, o más bien las editoriales, ideando trabalenguas ocurrentes, imposibles de memorizar para generar situaciones surrealistas como la que acaba de presenciar.

Aquella conversación casi acaba en romance. Pero no. La chica de su derecha fue rápida. “¿Cuánto tiempo te quedas en Valencia?”, le dijo al guapo. Pero no pudo ser, seguía hasta Alicante. No les dio tiempo ni a darse los whatsapps. Pero con aquella mirada se lo dijeron todo.

Hace tanto que nadie la mira así… La conversación de aquellas teenagers siguió versando sobre el sombrerito y su sonrisa y no sobre literatura, como era de esperar.

Ambas concluyeron que sería divertido conocer al desconocido. Con la edad, aquellas modernas aprenderían que las historias divertidas suelen ser siempre las que duelen más.

15 Ene

Vivir con menos

Recientemente, alguien le habló del reto 333. Es un proyecto que consiste en elegir 33 prendas y vivir con ellas durante 3 meses. Se incluyen prendas de abrigo, zapatos, complementos así como outfits para celebraciones especiales. Las excepciones, la ropa interior, deportiva y pijama. Tan solo se puede reponer algo cuando la prenda se estropea.

La primera pregunta que le vino a la mente es si ella podría hacerlo. La segunda ¿para qué? Comentan que es antídoto a fast fashion pero, sobre todo, un comienzo para ordenar la vida y simplificar las cosas. Deteniéndose a pensar cada vez que se compra si esa prenda es necesaria o si les hace feliz. Tener menos cosas pero todas bonitas. La decoración nórdica es un buen ejemplo.

El 333 es una de las reglas que abrazan los minimalistas. The minimalism es un movimiento creado por Joshua Fields Millburn y Ryan Nicodemus en Estados Unidos y que promueve vivir con menos.

Activistas sociales, autores del documental “Minamilism”, a través de su web y sus podcasts cuentan su historia a todo aquel que la quiera escuchar. Ganando un sueldo de 6 cifras antes de los 30, uno de ellos apenas pudo despedirse de su madre enferma. El mismo mes, su mujer le dejó porque nunca estaba en casa. De camino a decorar su enésima casa, hizo un lista mental de todo lo que necesitaba comprar. ¿De verdad lo necesitaba?

‘Minimalism’ (disponible en Netflix) no es el mejor documental de la historia pero pone el dedo en la llaga. ¿Para que trabajar tan duro si después no se puede disfrutar de lo que de verdad importa? El documental muestra un rosario de antihéroes que renunciaron al reconocimiento social.

Decidieron dar un paso al vacío: abandonar sus trabajos, comprar casas más pequeñas para tener tiempo para ser felices. El éxito de los perdedores de caminar calmo y sonrisa abierta.

14 Ene

Impostoras

Leía recientemente un artículo sobre cómo determinadas mujeres de éxito, auténticos fenómenos mediáticos, padecían el denominado Síndrome del Impostor. Es decir, que a veces sentían no merecer el éxito que habían conseguido con su talento y esfuerzo. Si bien es cierto que no se imagina a Cristiano Ronaldo afirmando lo mismo, no está de acuerdo en que esto sea algo privativo de la mujer. No es una cuestión de género sino de responsabilidad.

Las personas que padecen el Síndrome del Impostor o Síndrome del Fraude -el fenómeno psicológico según el cual los sujetos atribuyen su éxito al azar o a las casualidades- temen ser descubiertas de un momento a otro. No tiene nada que ver con la preparación. Es una cuestión de actitud y de reconocimiento. Suele darse en entornos altamente competitivos y el profesional que lo sufre suele ser una persona comprometida con la organización, que inconscientemente, trabaja más y más duro para obtener reconocimiento de su valía. Propio y ajeno.

Según los expertos, también se da, por ejemplo, en familias monoparentales o del mismo sexo que se esfuerzan en educar a los hijos mejor que las familias de corte tradicional. La presión social percibida les hace reforzar su elección de modelo familiar. Pero, sea como sea, estos síndromes surgidos a finales de los 70 hay que cogerlos con pinzas, a pesar de su vigencia.

¿Quién no se ha sentido un impostor alguna vez? ¿En la facultad, los primeros meses en un nuevo trabajo, en una relación inesperadamente maravillosa? Muchas veces, una se queda trabajando hasta tarde no porque tema ser descubierta en su inoperancia sino porque la carga de trabajo es abrumadora. La crisis permitió la destrucción de numerosos puestos de trabajo y un importante retroceso en los derechos laborales que, ahora que está pasando el chaparrón, no se han restablecido.

13 Ene

El test Marshmallow

Hace un millón de años que no come chuches, aproximadamente. Cuando las comía, nunca supo cómo llamar a las nubes, esas chuches de aspecto cilíndrico, rositas y blancas, que algunos de sus amigos solían llamar jamoncitos. Es ese producto que en las pelis americanas insertan en un palo y las derriten en la lumbre durante una acampada. Recientemente ha descubierto que, en inglés, se llaman marshmallow. Qué cosas.

Les cuenta todo esto porque quiere hablarles del “Marshmallow test” que en castellano se vendría a traducir como “La prueba del jamoncito”. Definitivamente, en inglés todo suena mejor.

Pues bien, en los años 70 se popularizó una prueba realizada a los niños para analizar su sistema de recompensa tardía. El psicólogo Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, ofrecía a los niños poder elegir entre una recompensa de inmediato (un jamoncito) o dos pequeñas compensaciones (dos chuches) si esperaban 15 minutos solos en la habitación dado que el investigador los dejaba solos en el aula.

Algunos hacían lo que podían para combatir su pulsión hacia la recompensa inmediata y obtener dos dulces. Se ponían de espaldas a la chuche, trataban de no mirarla, se inventaban juegos…

La investigación demostró que los niños que supieron esperar tendrían mejores resultados en general, tanto en resultados académicos como control de su peso (en valores de IMC) y otras medidas. Hace unos días, el divulgador Adolfo Galán se preguntaba si los adultos de 2017 pasarían este test… Con sus teléfonos móviles. Y todo lo que ello comporta: WhatsApps, mails, redes sociales.

Son como cocaína para cualquier sistema de recompensa y una auténtica ruina para la productividad. Lo malo es que, de adultos, el premio ya no es ni siquiera un jamoncito es el enésimo correo urgente. Con mayúsculas en el asunto del mail, claro.

12 Ene

Forever young

¿Cuándo fue la última vez que leyeron un libro? Un libro entero, quiere decir, de ficción, ensayo, poesía… Lo imaginaba. Ella se obliga a leer en el metro el trayecto al trabajo y lleva paseando a su triángulo amoroso durante meses pero piensa que esta semana acaba con ellos, con su tragedia y su dolor. Es tan triste que es así. Se obliga a leer. Con la irrupción de las plataformas tipo Netflix se está embruteciendo. Tanto, que su índice de lectura ha descendido preocupantemente en los últimos años. Pero es algo más: es un síntoma. Social.

Por defecto, lee la prensa a diario y sigue la actualidad por diversos canales de información. La mayoría, por las redes sociales. Resulta increíble que los medios promocionen sus noticias en Facebook. Sencillamente porque los jóvenes no leen. Lo ve en sus alumnos. No tocan un libro ni con un palo. Y eso pasa factura. En el habla, en la expresión pero sobre todo en la amplitud del pensamiento. Son el fiel reflejo del mínimo esfuerzo. De lo que se denomina la progresiva infantilización de Occidente.

Algo que, por desgracia, va más allá de la cirugía estética, de la crisis de mediana edad, o de que, pronto, envejecer esté penado por la ley.

Según Marcel Danesi, profesor de antropología y autor de Forever Young, una sociedad inmadura se caracteriza por unos ciudadanos dóciles, donde impera la inmediatez, los contenidos banales y la pornografía de la imagen –entendida ésta por memes, cotilleos, y vídeos virales de carente valor informativo- que satisfacen nuestra curiosidad y alimentan la pulsión de instantaneidad.

La progresiva analfabetización funcional genera masas anestesiadas que exigen más a la vida sin entender el entorno que les rodea y que acogen encantados los dogmas y, como resultado, la sociedad se polariza. Aún están a tiempo. Corran a la biblioteca más cercana.

 

18 Dic

Glosofobia, la fobia de los listos

Puede que lleven sufriendo glosofobia durante años. En silencio. Y ustedes sin saberlo. Pero, tranquilos. No morirán de esto. A menos que lo hagan sobre un escenario. Porque la glosofobia es, sencillamente, el miedo a hablar en público. Una fobia de las más comunes e invalidantes que conoce. Sencillamente porque ataca a los listos, a las personas responsables. A aquellas que se exigen tanto a sí mismas que se olvidan de disfrutar cuando se suben a un escenario.

Lo lleva viendo desde hace 20 años, los que lleva dedicándose a la comunicación. Personas que le dicen: “Ya, pero es que yo no quiero que me enseñes a respirar, o a proyectar la voz. Yo lo que quiero es que me dejen de sudar las manos”. Porque las técnicas no sirven de nada si uno no se enfrenta a sus miedos. Porque realmente lo que subyace a ese terror es un miedo básico y profundo: el miedo al otro, a no encajar. Al rechazo a través del juicio, a hacer el ridículo. Ya ven. Qué tonto. Y qué humano.

Lo entenderán con un ejemplo. ¿A quién le gustan los exámenes? ¿O las entrevistas de trabajo? Seguro que han experimentado esa misma sensación al volver a estudiar un idioma de adultos. ¿Cómo se sienten a la hora del speaking? Y eso que no se juegan nada. Los nervios son inevitables. Otro ejemplo. Alguien les saca una foto de improviso. Usted se ve fatal. El pelo de aquella manera, la expresión rara aunque divertida. Su interlocutor insiste en que está fenomenal. Pero, claro, usted es su peor enemigo y pide que no le etiqueten …Y ¿qué más da?

Y otro más. Ahora, uno de ustedes, una mujer, debe subir al escenario. Rápido. El escenario es enorme. La sala está a oscuras. Y el atril está iluminado. Seguro que estará pensando en si esa ropa le hace gorda, que claro, que con lo difícil que es conciliar cualquiera encuentra un rato para sí, para escaparse al gym, que sus compañeros, los de siempre, ya estarán ahí pendientes, esperando a que se quede clavada. En blanco, con un hilo de voz, mientras se tira de la falda.

Cuando en realidad, ¿saben una cosa? Nadie es tan importante. Y nadie les juzga. Las personas de ese auditorio han ido a escucharle usted, independientemente de sus pelos o de sus piernas. Lo importante es su bagaje, su experiencia y sus ideas. Y si lo hace mal. ¿Qué es lo más terrible que pueda suceder? ¿Que no repita el discurso el año que viene?

Deberíamos aprender a tomarnos menos en serio. Porque, ¿saben una cosa? Nunca pasa nada.

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